3 de agosto de 2012

Denuncia de una misionera desde el Congo: ¡Queremos la paz!, gritan los más pobres del país

La misionera comboniana María del Prado Fernández Martín, nos cuenta desde Isiro, al noroeste de la República Democrática del Congo, la difícil situación de esta zona donde miles de refugiados huyen de la guerra y de los grupos armados y de la convocatoria de una marcha para pedir la paz en la que ella y sus hermanas de congregación han mostrado su total apoyo.
“¿Quién ha oído hablar del movimiento LRA?, ¿o del grupo armado M23?, ¿o de otro grupo armado autodenominado ‘Mai-Mai’?... quizás poca gente, porque la información que se tiene a menudo en los países del norte hace muy poca referencia a conflictos armados en otras partes del mundo.
Todos esos grupos, y alguno más, existen y ‘trabajan’, muy a pesar de la población, en el este de la República Democrática del Congo, un país inmenso en el corazón de África.
Desde hace años no han dejado nunca de amedrentar la población creando mil y un sufrimientos allí por donde pasan; pero últimamente, desde hace unos meses, el este del país es un hervidero de refugiados que huyen de tanto grupo armado. ¿Quién los gobierna? ¿Quién los sostiene? ¿Qué pretenden? ¿Qué beneficio sacan de todo ello?... vaya usted a saber, todo son conjeturas, hipótesis y acusaciones de unos y de otros. En general los medios de comunicación y el gobierno de la R. D. del Congo acusan directamente altos gobernantes de Rwanda, que sostendrían el movimiento M23. Otros acusan también Uganda diciendo que da cobijo a los rebeldes de la LRA. América del Norte también hace suyas estas acusaciones. Pero entre tanto quienes sufren son los miles de refugiados que se han visto obligados a dejar sus pueblos para buscar amparo en los países limítrofes de la zona o en otros lugares más seguros al interior del país.
Detrás de todo esto la codicia de unos pocos. La R. D. del Congo es un país inmensamente rico, con minas de oro, de diamante, de coltán, de uranio…. y eso atrae a sociedades mineras y a particulares que piensan únicamente en obtener beneficios propios, y si para ello hay que matar, pues se hace… y si hay que crear guerras, ¡pues se crean! Además se habla de contratos “secretos” entre gobiernos que no se han respetado, y ahora cada uno defiende lo que piensa que le pertenece.
Con todo ello el país en general vive una situación de ‘inquietud’ creciente, porque todo esto se pasa en el este del país, en la región de los grandes lagos, pero ¿quién te asegura que esa guerra no se va a extender al resto del país?

En Isiro, la capital de la provincia oriental, al noreste del país, la sociedad civil ha querido apoyar a tantos miles de refugiados que huyen cada día de esta guerra sin sentido, y han convocado una manifestación por la paz. También nosotras hemos participado, caminando con la gente, desde Mayogo (la zona del mercado) hasta la residencia del alcalde, unos 2 kms de marcha, para gritar la impotencia de la población, y la inquietud que reina.
Al final de la manifestación, los representantes de la sociedad civil, han leído un manifiesto en el que han expresado su inquietud por el estado de deterioro creciente de todas las infraestructuras básicas de la región. La zona desde hace mucho tiempo vive postrada en una pobreza creciente debido a su aislamiento del resto del país. Sin carreteras la zona no puede establecer un mínimo de comercio y eso empobrece la zona y encarece los productos.
La gente tenía miedo y, al inicio de la marcha el grupo era bastante reducido, luego se han ido añadiendo alguna persona más, pero en conjunto, la manifestación ha sido reducida. ¡No importa! Ahí han estado y ahí hemos estado con ellos, apoyando, generando confianza. Nuestra presencia como extranjeras en medio de esa manifestación ha sido vista muy positivamente por la gente, ha generado confianza y muchos se han unido a nosotros al vernos pasar.
¡Queremos la paz en este país! No una paz de fachada, sino una paz que nazca de la justicia social. Ese ha sido el grito que hoy, la población de Isiro, ha querido dejar claro. Y ese grito también lo hacemos nuestro. ¡La paz, ya!”